Insectos

Insectos *

*capítulo 18 de “Políptico” (Novela inédita)


A fines del verano de 1970 cuando nació Federico,  Laura tenía once años y yo doce.
Poco antes de internarse mamá nos hizo un obsequio. Un regalo con el que nuestra incipiente adolescencia tomaría un rumbo que sólo ella fue capaz de intuir. Se trataba de una rara enciclopedia de 16 tomos que reinó muchas temporadas sobre todos los libros que el colegio imponía. Mamá quiso además de su buen decir legarnos ese capital que se ofrecía como un árbol de tentadores y eclécticos frutos.  Sin embargo, al recibir el regalo experimenté algo horroroso: sentí furtivamente que ella se despedía por si acaso ocurriera algo malo. Cuatro años antes había perdido un bebé en el parto. A la mañana siguiente llegó Fede, y la familia fue una fiesta.


Historia del arte y Biología fueron desde ese tiempo mis asignaturas favoritas. No podía explicarlo, pero sabía que conectaban entre si. Desgraciadamente detestaba las matemáticas.

No tengo dudas: quiero ser entomólogo. Así se llama a quien estudia insectos. La enciclopedia dice que existen 750.000 especies. Empieza por describir las particularidades de la clase con texto e ilustraciones. Leyendo más, descubro la etimología: insecto del griego entomos y del latín  insectus derivado de insecare, que significa hacer una incisión o cortar.
Se ajusta mejor la idea de una entidad constituida por partes aparentemente incisas, unidas y separadas a la vez: “en tomos”, o “en sectas”: Cabeza, tórax, y abdomen. Del tórax parten tres pares de patas, esta característica es excluyente, de modo que hexápodo es sinónimo de la clase. El tomo continúa la descripción: Provistos de alas (uno o dos pares),  a excepción de los pertenecientes al antiguo orden de  los Tisánuros que son apterígotos (sin alas) y cuyos representantes más comunes conocidos como “pescaditos de plata”, aparecen en los rincones húmedos y en los libros estancos. Luego trata lo más relevante de su  fisiología.
Entonces me asalta una duda sin par: las hormigas no tienen alas. Las voladoras sí,… ¿Pero acaso las comunes, negras o coloradas, fueron o serán voladoras? No me parece, la enciclopedia no dice tanto. Tendré que investigar mucho más.

En las antípodas de la entomología, la antropología asistió desde su nacimiento al crecimiento anómalo de la cultura en la que estaba y está enfrascada, y por ende a la extinción de las distintas versiones de la humanidad: sus tesoros etnográficos.
Me llevó algunos años comprender que no es posible ser antropólogo sin ser naturalista y que un naturalista no puede saber nada de la naturaleza ignorando la antropología que formatea su mirada.
Hemos alterado el rumbo de casi todas las formas de vida; a muchas sometimos a esclavitud, empezando por nosotros mismos. Con los insectos no podremos. Han existido durante cuatrocientos millones de años y nada amenaza su continuidad.

- ¡Flaco,  flacooo!
La música suena fuerte. “Manteca” (el viejo perro lanudo de los Alí) me ladra desganado.
Carlitos lee “Patoruzú” en su habitación, al fondo de la casa, mitad pieza mitad galpón, donde tiene un Wincofón y escucha el long play de “Creedence” que le regalé para su cumpleaños.
Justo cuando estoy a punto de saltar el cerco sale con los ojos achinados por el sol y rascándose la cabeza me dice:
- Perdoná Marce no te había oído, pasá. ¿Qué andas haciendo ché?
- Vengo a proponerte algo que se me ocurrió esta mañana.
Carlitos levanta los ojos sospechando trabajo. 
- Tendríamos que empezar a juntar bichos, digo insectos… dibujarlos y hacer un libro. Yo los dibujo, vos ayudame a juntarlos. Los metemos en frascos en el galpón de mi abuelo o en el garage de casa.
- ¿Y para qué?
- Para coleccionar y estudiarlos. Aquí dice que hasta ahora descubrieron 750.000 especies.
¡Por ahí tenemos suerte y encontramos una especie nueva!
Es fácil Carlitos los insectos están por todas partes, no hace falta viajar… ¡Vamos a hacer un  libro y después un museo!
-¿Y de qué?
- ¡De insectos, de que va a ser!
- ¿Si,  mmm... 750.000,  no serán muchos?
- ¡750.000 especies! Bichos, lo que se dice bichos, debe haber miles de miles de millones. Pero con tener uno sólo de cada especie será más que suficiente.
- Hay varios frascos que podrían servir. ¡Eh flaco despertate! ¿Estás de acuerdo?
- Esteeee… bueno… pero Marce, ¿no te alcanza con el colegio? El otro día con mi grado salimos a hacer una boludez parecida. Mejor vamos a pescar che…
Hice como si no lo escuchara y continué:
- En el garaje hay una estantería que podríamos despejar para nuestra colección, habría
que taparla con  algo para que mamá no la descubra. Es fóbica a los gusanos y si ve algo se desmaya seguro.
- ¡Que vivo lo más lindo es dibujarlos! Te ayudo si me enseñás a dibujar ¿si?
- Seguro, te voy a enseñar… ¿Trato hecho?
El flaco me miró resignado y estrechamos las manos para sellar el pacto.
- Tendríamos que tener una lupa mejor. Hay que estudiar mucho a estos bichos y dibujarlos con más detalle.
- Claro… -responde el flaco que trata de abrir más los ojos-  ¿y el nombre?
- ¿Que nombre? Ah… ¿el título del  libro decís?
- Sí eso. El título.
- A ver… sí, ya lo tengo… pará,  lo anoté aquí… sí aquí está: “Sistemática Entomológica”.
- ¿Sistemática entomoqué?  ¡Qué carajo quiere decir!
- Nada, no importa flaco. Vos que no les tenés asco los atrapás, y yo voy haciendo las ilustraciones y escribiendo. De paso te enseño a dibujar. 

Pasamos un mes enfrascando moscas, hormigas, langostas, grillos,  cascarudos, tata dios, y esperando que un gusano se haga mariposa. Logramos clasificar y dibujar cinco especies, la primera fue la langosta: Schistocerca cancellata.

- ¡Por algo se empieza! el gusano no cuenta todavía porque no sabemos en que se transformará.
-Hoy  vamos a cazar mosquitos. A ver…tenemos 6 especies distintas. ¿Te das cuenta?  Falta menos: 750.000 restale 6,…… ¡749.994!
-¡Los mosquitos nos están cazando todo el tiempo Marce!
- Eso no es cazar, sólo se alimentan…
- Todo bien Marce… ¿pero y las lombrices? Porqué me tiraste las lombrices que junté!
- Porque no son insectos
- ¿Pero no se trasforman? ¿Cómo era eso que me contaste lo de la “metamorfarción”. 
- ¡Metamorfosis! No, las lombrices no se transforman en nada, son lombrices siempre,   toda su vida. Al contrario, si les cortás un cachito, el tejido se regenera.
- Eso sí que es bueno, ¿porqué mierda no seremos así Marce?
- ¡Qué se yo! mmm… ser lombriz tiene más desventajas que ventajas… jajaja
- Sí tenés razón Marce,  prefiero ir al doctor antes que terminar en un anzuelo esperando que me coma un bagre…che, mirá lo que dice aquí: “En el período car… carbonífero había libélulas de un metro con sus alas extendidas y ¡cucarachas de cuarenta centímetros! Hoy…, sí,  hoy  el insecto más grande conocido es un escarabajo de diecisiete centímetros que habita en zonas tropicales de Centroamérica”. Acá está el dibujo ¡Mirá que cacho de bicho!
¡Menos mal que aquí en City Bell son todos chiquitos!
- Imaginate flaco si las hormigas fueran del tamaño de un pollo, entonces un hormiguero sería una montaña…y nosotros su comida… ¡Espantoso!
- ¡Marceee, y los mosquitos peor todavía!
El flaco ya no se ríe, está preocupado, pero se recompone y dice muy seriamente:
- Dios los hizo así de chiquitos para que nos jodieran un poco nomás.
- Ya te dije que Dios no hizo nada. ¡Fue la evolución!
El flaco no era el mejor socio para una empresa científica.
- ¡Marce, mejor vayamos a pescar!

A poco o mucho de apostar al mayor porte los insectos retiraron la apuesta y la cambiaron por otra mucho más efectiva que efectista: La minimización del tamaño y maximización de la cantidad. Además esto debió ocurrir en respuesta a otras presencias inquietantes con las que no desearon competir,  sabiendo de alguna manera el dominio que les cabía en un mundo mucho mas extenso lleno de alimento y de oxigeno.

- Vos viste que son medio duritos…
- Sí,  son duritos y algunos se sienten crocantes.
- Por eso no pueden crecer. Porque tienen como una armadura. Esos moldecitos que están   pegados a la resina de los ciruelos son esqueletitos de chicharras.
- ¡Las chicharras son invisibles!
- ¡No, cómo van a ser invisibles! No hay ningún animal invisible
- ¿No? Bueno da igual… dejate de joder Marce vamos a buscar lombrices de nuevo que quiero pescar…            
- Bueno vamos. Pero después la seguimos ¿eh?

Cuando somos pibes estamos preparados para captar un saber inscripto en la propia naturaleza, de a poco el conocimiento queda encorsetado, atrapado en una armadura que impide su expansión. 
El punto clave del diseño de un insecto radica en como resuelve el sostén de sus partes blandas. Un exoesqueleto quitinoso posibilitó la enorme historia de su clase. Ese esqueleto es también su apariencia.
Puede interpretarse que una armadura, que obviamente no crece, los privó de alcanzar otros portes. Sin embargo ese fue su acierto.
En el otro extremo del diseño el esqueleto interno nos brindó a todos los cordados una solución y la tentación del gigantismo y sus metáforas.

Estamos sentados en el tapialito de la vereda “operando” a una hormiga negra.
- Flaquito,  ¿te diste cuenta que son muchísimo más fuertes?
- ¡Claro Marce! Mirá, le sacas una patita y sigue, la tirás de un metro de altura y sigue, un metro   deben ser como cien o más para nosotros… ¡Nos haríamos remierda!
- Sí Carlitos,  además somos más lindos que ellos…  pero blandos.
- Es horrible ser blando. ¡Me da la sensación de que nos morimos de nada!
- Ellos no tienen problemas de salud ni dolores. Digo convencido.
- ¡Que alivio Marce! A mi me gusta pisarlos pero a veces pienso que sufren.
- ¡No, que van a sufrir, nosotros sufrimos! Una espinita en el pie y se nos viene el mundo abajo.
- Sí, somos una porquería. Igual prefiero ser así.
- Por eso existen los médicos… y los dentistas. ¿Carlitos vos te diste cuenta que tus dientes están como desordenados? ¿Te llevaron al dentista alguna vez?
- No Marce,  jamás de los jamases, ¡preferiría ser insecto jajaja! ¿Tienen dientes?
- No parece. La lupa no alcanza,  hay que conseguir una mejor.

Su aparente finitud es engañosa. Claramente podemos ver morir a una hormiga, pero ese ser que percibimos existe a través del su linaje: como palabra “una hormiga” es miembro de una clase virtual a la que representa y que la representa y como organismo una unidad ínfima de un agregado real al que pertenece que en suma es el improbable conjunto de todas “las hormigas”. “La hormiga” no es “una hormiga”. “El mapa no es el territorio”, sentenció Korzybski, y con Bateson les decía a todos lo empiristas “Es por aquí!”
La imagen que tenemos de individuo no podemos aplicarla a su existencia particular, presumo que esta no es algo definitorio.
Nosotros, por el contrario, vivimos sobre la base de una existencia individual concluyente, temiendo el final, disfrazamos ese temor y creemos confinarlo, pero retorna. No imaginamos el daño que provoca reducir la existencia al “si mismo”. Olvidamos que la naturaleza juzga y cuando barre no esconde bajo la alfombra.
Sería necio ignorar que muchos hombres se inmolan, se sacrifican en aras de la continuidad de sus semejantes, pero eso es psicología de excepción.
En la imagen de los insectos,  que en verdad es nuestra,  sobresale la idea de insignificancia por su pequeñez. Les tememos; la fealdad que revela la lupa es de un orden distinto a “lo no lindo”; y denuncia nuestro temor. Kafka eligió un insecto, y no otro animal, para denotar lo más ominoso en el cuerpo del pobre Gregorio Samsa.

A veces, en momentos de lucidez, nos deleitamos con la belleza efímera de un pensamiento. Más efímera aún que la de una mariposa. No es buen negocio cambiar ese deleite por el intento de atraparla. Se escapará siempre, porque aún atrapada con el copo, nos quedará sólo su cadáver. Poco y nada es la belleza sin la libertad.
Para convertirse en mariposa, la larva emplea muchas ideas de preciso diseño, tiempo y energía. Más aún, los contrastes cromáticos y tonales de sus alas provienen de un truco de espejos: diminutas escamitas que descomponen la luz según su forma y orientación. Hace falta mucha inteligencia para esto, pero la pregunta más atinada sería: ¿qué clase de inteligencia toma estas decisiones y las lleva a cabo?
Organismos de complejidad desconocida (aunque cierta ficción pueril los presente como maquinitas vivas) nunca podremos aplastar su existencia con nuestra suela o con venenos, por más que lo repitamos una y otra vez. Moriremos mucho antes. Tal vez esa sea la razón de nuestro rechazo y una manera de distraernos, precariamente, de nuestra criminalidad con otros seres más cercanos.

Durante un mes este gran cuaderno negro de tapas duras acumuló nuestros dibujos y las transcripciones enciclopédicas de la sección entomológica.
Pero sobrevino una  crisis irreversible: encontré, en una revista científica de la biblioteca del colegio, un dato que dio por tierra con nuestra carrera de entomólogos: las especies de insectos duplicarían nuestro ya inalcanzable número: 1.500.000 especies. ¡Imposible aproximarse!
Tuve que decírselo al bueno de Carlitos, que esbozó una sonrisa de satisfacción algo reprimida.
Cuatro semanas después de iniciada nuestra empresa científica fuimos al campito y liberamos a los insectos vivos y tiramos los muertos.
- ¿Marce viste que los bichitos de luz también son insectos?
- Claro que lo son…
- ¿Y porqué no hay más?
- Cierto, no encontramos ni uno en estas noches…
- ¿Te acordás cuando éramos chiquitos y los aplastábamos para escribir en la vereda?
- Sí claro…, me acuerdo, escribíamos nuestros nombres.
Lo de las luciérnagas era una salvajada a conciencia. No resistíamos la tentación de escribir de noche en las veredas con sus cuerpitos reventados y ver como destellaba el verde fluorescente. Ciertamente no teníamos licencia de científicos por entonces.
Sólo una especie estaba protegida: la vaquita de San Antonio, porque estas, también llamadas mariquitas, daban suerte. Además estaban las especies evitadas por asquerosas; tal era el caso de las chinches verdes por la pestilencia que emanaban al ser pisadas,  y por supuesto había un gran número de especies peligrosas como las avispas y las abejas que atrapábamos con la máquina de bombear un líquido insecticida que salía en aerosol, mas conocida como máquina de “flit”.
Recuerdo que mi abuela era muy certera con el matamoscas;  conforme fue envejeciendo dejó de usarlo y no por mera falta de reflejos. Simplemente les dio estatuto de “criaturas del señor”.
Igniva que conocía el dolor de una tragedia familiar, había llorado más de lo que nadie puede llorar. Las marcas de tanto llanto no se borraron, quedaron sus quejas persistentes y etéreas. Pasaron los años y quejosa aun sonreía fácilmente y ayudaba a cuantos la rodeaban, hasta que no tuvo más fuerzas. Sólo veía lo bueno del mundo y, sabiendo que la maldad existía, rezaba no sólo por sus seres queridos, sino por cualquier sufriente y por la humanidad toda. Porque mi abuela Igniva alcanzó un estado de verdadera santidad. Murió una noche de setiembre rezando, quince días antes de cumplir cien años.

No estamos en el pináculo hegeliano de la evolución ni en el inframundo… Sin dios ni diablo, supongo que lo único venerable es una inteligencia que no entendemos, de la que nuestra ciencia nos ha alejado. En uso de eso que llamamos razón nos creemos superiores a otras humanidades humildes pero respetuosas de lo sagrado.
La conciencia no es más que un diminuto tramo de segmentos discontinuos y aparentemente rectos de esa “circuitidad” cuyas dimensiones escapan a toda imaginación.

 

Marcelo Rizzo

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