Pintar

“Es indudable que ciertos niveles más profundos de la mente guían al hombre de ciencia o al artista hacia experiencias y pensamientos que guardan pertinencia para aquellos problemas que de alguna manera son suyos, y esta guía parece actuar mucho antes de que el hombre de ciencia o el artista tengan algún conocimiento conciente de sus metas”

Gregory Bateson (“Pasos hacia una ecología de la mente”)

 


 

 

En el arte -que es ilusión y provocación - lo bello y lo feo, lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, no tienen territorios propios y distantes.

Abrir un espacio, brindar un lugar, invita a un diálogo que intuyo fecundo porque toda poiésis (producción biológica, poética, científica, etc.) se clausura cuando el rigor no cede temporalmente a la imaginación y al delirio como fuente de novedad y conocimiento.

Pintar no es solo representar es también desterrar la primacía de la finalidad (que incita por ejemplo a publicistas), poner el acento en los medios desviando la tensión finalista, es además expresar lo propio sin tomar por modelo lo apropiado.

 

Para saber pintar, en muchos momentos antes y durante hay que detenerse a ver, a vernos. Contemplar. Tomar distancia, juzgar lo faltante y lo sobrante con pasión pero sin dramatismo. Soltarse, dar lugar al delirio, encaminarlo con esa desnudez tecnológica del pincel, la tela y los colores. Aceptar si hay fracaso, volver a intentar.

Me parece importante rescatar hoy el oficio de pintor en medio del snobismo conceptualista que desplaza a la pintura de caballete de sus espacios.

 

No son necesarias palabras para la mediación entre el artista y su público, los cuadros están aquí. Ellos son los objetos mediadores. Todo cuanto digo y escribo en torno a la pintura y al hecho artístico podría englobarse en aquel género que los griegos llamaron “Ekfrasis”, una literaturidad no  referida a la explicación del supuesto mensaje sino a la “poiesis” artística

Para qué indagar aquello que los cuadros supuestamente dicen o lo que quiso decir su creador? El campo semántico del mensaje no es lo más importante. Los cuadros no hablan, son objetos de arte que pueden ser leídos de una e infinitas formas. La textualidad del cuadro no requiere la asistencia de un supuesto saber experto para ver pintura. No necesitamos intermediaciones al paladar para degustar un plato. Sensibilidad y subjetividad. El arte pertenece al “reino de la preferencia”.

Como ven, tengo mis reservas respecto de ese género literario-periodístico- publicitario llamado crítica cada vez que pretende establecer un saber desde el cual mirar un objeto de arte, ocultando su funcionalidad respecto del mercado del cual viven y alguna que otra menudencia subjetiva respecto del propio deseo postergado.

El artista no sustituye su palabra con su obra plástica.

La condición de hablante le permite su discurso silencioso y paradigmático. Pintar es descansar de la palabra y el sintagma. La textualidad del cuadro es icónica, su eficacia parte de una imagen que desde luego se hace idea y es resignificada. Pero no está compuesto de palabras; el nombre, si lo tiene, es posterior a su nacimiento.

 

Por eso la obra de arte no tiene un coeficiente de realidad propio; pertenece a un enlace entre el artista, su mundo interno y eso que solemos llamar mundo externo y se completa con la mirada del otro, pero no busca consenso en esta intersubjetividad. Tal vez sí, como todos, aceptación.

Los cuadros no están para ser analizados. Son el resultado de una actitud exploratoria en busca de la belleza (actitud del artista y de su público), si se quiere como decía Aldous Huxley, de la gracia perdida .Toda palabra en torno a ellos es nuestra, y pone en evidencia algo nuestro.

 

Un objeto doblemente mediador contra los excesos del dualismo: el primero, que escinde una realidad corporal de una psíquica y el segundo que nos separa del otro. Esa búsqueda de la belleza es búsqueda de un estilo y de una estética propia. La tentativa es acercarnos a la recuperación de un saber al que pertenecemos más que a la construcción dialéctica de una verdad mediante una apabullante cadena reflexiva.

Eso es la poesía, condición necesaria para definir el arte hoy y separarlo de manifestaciones descarriadas en favor del mercado.

Que de lo dicho no se interprete que los pintores obramos solo por amor al arte, estamos en este mundo, necesitamos vender para vivir y seguir pintando que es nuestra manera de vivir.

 

El hábito (y agrego el ámbito) no hacen al monje, ni al pintor. Solo la disciplina, la clínica cotidiana nos acerca a aquello que soñamos; siempre y cuando nos liberemos de la obsesión de poder, de ser y de poseer y pongamos el acento en el hacer, en el estar y en el compartir.

 

 

Marcelo Rizzo 7/04/06

* Síntesis de la presentación de la Muestra “Mujeres” de la artista plástica platense Luz Aramburú, en el Espacio de Acción Lacaniana (La Plata).

 

Marcelo Rizzo

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